EL ÚLTIMO CONCIERTO



 



"El último concierto del viejo contrabajo"
En un rincón olvidado del teatro municipal, cubierto por una sábana gris, yacía un viejo contrabajo. Durante décadas fue el alma de la orquesta, el latido profundo que sostenía cada sinfonía como un corazón latiendo bajo la piel de la música. Su madera, pulida por el roce de innumerables manos, ya mostraba grietas; su barniz se obsevaba como la piel reseca de alguien que ha vivido demasiado bajo el sol de los focos.
Una mañana de otoño, cuando los ensayos comenzaban para la temporada de invierno, el luthier del teatro fue llamado a examinarlo. El sonido del contrabajo había cambiado. Ya no era grave y firme como antes, sino apagado, entrecortado, como si le costara respirar. Tras una larga observación, el luthier bajó la mirada y murmuró:
—Tiene cáncer de “madera”.
La palabra quedó suspendida en el aire como una nota disonante. El diagnóstico era devastador: el interior del contrabajo, su alma resonante, estaba siendo devorado por un moho silencioso, un hongo que nacía en lo más hondo y que nadie notaba hasta que era tarde. No había reparación posible. Cada ensayo era una batalla contra el crujido, contra la disonancia. Pero el contrabajo se negaba a rendirse.
El joven bajista, Elías,( de sobrenombre Pau Casals), que lo había heredado de su maestro fallecido, se negó a cambiar de instrumento. Tocaría con él hasta el final. “Los dos fuimos formados por las mismas manos”, decía. Entre ensayo y ensayo, pasaba horas limpiando, acariciando sus costillas curvadas, hablándole como si fuera un amigo enfermo. El contrabajo respondía como podía, entregando sus últimos ecos con dignidad.
El último concierto llegó en una noche lluviosa. El teatro estaba lleno, como si el público —sin saber por qué— sintiera que presenciaba algo irrepetible. Cuando llegó el turno de la pieza final, el director bajó la batuta y la sala se llenó de un silencio expectante. Elías levantó el arco.
Y entonces, el contrabajo habló.
No con su fuerza habitual, sino con un susurro profundo, una vibración temblorosa que no pedía compasión, sino respeto. Cada nota parecía un adiós, una confesión, una memoria. La madera dolía, sí, pero vibraba con amor. Aquella noche, los músicos lloraron. No por tristeza, sino por la belleza de lo efímero.
Tras el aplauso, Elías se quedó solo en el escenario. Dejó el arco sobre el atril, abrazó el cuerpo curvado del instrumento y susurró:
—Gracias por quedarte hasta el final.
El contrabajo murió semanas después, en silencio. Pero su última canción aún flota, para quien se atreva a escuchar con el corazón abierto

Comentarios

Entradas populares de este blog

SIN MÓVILES

LA DIFERENCIA DE EDAD SI QUE INFLUYE EN PAREJA

"LOS CELOS"